lunes, 28 de diciembre de 2009

Trafalgar y las Invasiones Inglesas


Debido a que el soberano español Carlos II no tuvo descendencia, dispuso por testamentaria que el sucesor al trono debería ser miembro de la familia francesa de los Borbones. La disposición provocó que en Inglaterra sintieran que el equilibrio de poder se alteraba. Un pacto entre Francia y España significaba el renacer de la idea de una monarquía universal, por consiguinete hubo guerra. Se enfrentaron España y Francia aliadas, contra Gran Bretaña, Austria y Holanda. El Tratado de Paz de Utrecht en 1713, cerró el conflicto y abrió las puertas a la hegemonía británica. Inglaterra obtuvo ventajas que le permitieron fortalecerse en el mar, detener la expansión francesa y minar el imperio español de ultramar. Su privilegios más importantes fue la autorización para vender 4.800 esclavos por año a la América española durante un período de treinta años, más el envío regular de un barco cargado con mercancías.
A fines del siglo XVIII se rompió la alianza entre España y Francia, gestándose dos planes: el de Nicholas Vansittart y el del general Tomas Naitland. Tenían en común la idea de una invasión que tomara Buenos Aires, avanzara hacia Chile y se desplazara posteriormente hacia el Perú. La invasión no se concretó pero a mediados de 1804 el primer lord del Almirantazgo, Henry Melville, el primer ministro, William Pitt y el comodoro Home Riggs, retomaron el proyecto.
Al comenzar enero de 1806 los británicos recuperaron Ciudad del Cabo, ocupada por los holandeses aliados de Napoleón. Mientras permanecian Popham se enteró que Nelson había destruído a la flota franco-española en la batalla de Trafalgar, y le manifiestó al comandante, su intención de tomar el Río de la Plata. El Comandante Baird aceptó y le facilitó el 71º Regimiento de Infantería, la artillería necesaria y 1.000 hombres. Baird no confió totalmente en el éxito, por lo cual decidió el ascenso a general del coronel William Carr Beresford. La expedición zarpó de El Cabo el 14 de abril de 1806, con 1.500 hombres, incluídos los 36 oficiales.

domingo, 18 de octubre de 2009

Allá donde la Revolución estalló en junio III

Luciendo flamantes jinetas de coronel, Juan Bautista Morón arribó a Mendoza el 10 de julio de 1810 con la misión de reclutar soldados para repeler la asonada realista que, a las órdenes de Santiago de Liniers, el obispo Orellana y el gobernador Gutiérrez de la Concha, se había atrincherado en la provincia de Córdoba. Por las dudas, Morón detuvo a los funcionarios leales a la Colonia que acababan de ser destituidos por el cabildo mendocino; los cargó con pesados grillos y los envió a Buenos Aires en calidad de detenidos. (Uno de ellos, Ansay, vagó durante 12 años por los presidios y los campos de concentración de prisioneros que existían o fueron creados por entonces. A pesar de ello, el tozudo aragonés se consideraba un hombre de suerte, dado que por poco no estuvo en Cabeza de Tigre enfrentando el pelotón de fusilamiento que acabó con la vida de Liniers y los demás complotados).
El día 26 la Junta de Gobierno bonaerense nombró al coronel José Moldes en calidad de Teniente Gobernador de Mendoza, designación que daba por tierra con las cándidas expectativas locales de elegir un gobierno propio. Moldes traía instrucciones terminantes en cuanto a cómo conducir la ciudad de acuerdo a los designios de la autoridad central que, no obstante el “discurso” previo, desestimaba la participación de los lugareños en el manejo de los asuntos públicos. Los mendocinos comprometidos con el cambio en ciernes empezaban a comprender que el proyecto político porteño no suponía el respeto a las autonomías provinciales ni tampoco consentiría la conformación de un órgano colegiado como instancia superior de gobierno.
La Junta Grande recién pudo comenzar a deliberar en Buenos Aires en diciembre de 1810. Desde el principio, el cuerpo colectivo fue el campo de batalla en el cual las facciones en pugna -saavedristas y morenistas- dirimieron sus diferencias. A propósito de la forma de gobierno, los primeros sostenían la necesidad de que este organismo asumiera un rol ejecutivo; los segundos, en cambio, afirmaban que, frente a la situación de guerra que se abatía sobre el país, era necesario contar con un gobierno fuertemente centralizado que fuera lo menos deliberativo posible. Además, decían que los diputados del interior en su mayoría representaban a sectores conservadores comprometidos con el régimen anterior y que, en esta nueva instancia, se debía aceptar el tutelaje de espíritus progresistas y decididos, que venían a ser ellos, la elite porteña.
Al cabo de algunos meses de funcionamiento caótico, un pusch preparado en la capital obligó a disolver la junta ampliada, mientras que los diputados del interior fueron conminados a abandonar la ciudad-puerto y a volver a sus respectivas provincias. A continuación, asumió el gobierno un triunvirato cuya misión principal se orientó a acentuar el proceso de centralización y militarización del poder político iniciado en mayo de 1810.
La esperanzada “Revolución de Junio”, que estalló simultáneamente en diversos lugares de la incipiente república se había malogrado a poco de comenzar y se apagó junto con el mes que la vio nacer. Desde entonces, los argentinos, tanto de Buenos Aires como del Interior, conmemoramos la “Revolución de Mayo”, que es la que triunfó.

“Para Buenos Aires, mayo significa independencia de España y predominio sobre las provincias. Con razón quiere tanto ese día”.Juan Bautista Alberdi

Por Gustavo Ernesto Demarchi(23-05-2007)

miércoles, 7 de octubre de 2009

Allá, donde la Revolución de Mayo estalló en junio II

Para los mendocinos, la decisión de adherir al flamante gobierno porteño se complicó cuando, desde Córdoba, el gobernador intendente Juan Gutiérrez de la Concha no sólo recomendó desacatar el mandato invocado por la Junta sino que además ordenó al Delegado local que reuniera los efectivos militares con asiento en Mendoza y que los enviara urgente a la ciudad mediterránea. La idea era incorporarlos a la fuerza de represión que preparaban los contrarrevolucionarios para atacar la ciudad-puerto en estado de rebeldía y reponer a la autoridad “legítima”, es decir, al virrey.
Faustino Ansay, Subdelegado de Real Hacienda, Comandante de Armas, de Fronteras y del 1° Regimiento de Caballería de Mendoza, se manifestó de acuerdo con acatar la imperativa instrucción proveniente del gobernador cordobés y, también, con repudiar al movimiento subversivo triunfante en Buenos Aires. Idéntica opinión expresaron el Tesorero provincial, Domingo de Torres y Harriet; el Contador de la Real Hacienda, Joaquín Gómez de Liaño, y los demás funcionarios coloniales del distrito. Para ellos, acostumbrados a terciar en las frecuentes querellas que se entablaban entre cabildantes y vecinos de la zona, resultó una sorpresa mayúscula el toparse con la unánime posición tomada por los 46 ciudadanos más prominentes de Mendoza, quienes, en el Cabildo Extraordinario convocado al efecto para el 23 de junio, exigieron la adhesión al alzamiento cívico consumado en el Río de la Plata y nombraron un diputado para que viajara a la capital del virreinato en calidad de representante regional.
Luego de algunas marchas y contramarchas causadas por las maniobras del núcleo realista que pretendía ganar tiempo para facilitar la contrarrevolución cuya cabeza visible se aglutinaba en Córdoba, el partido patriótico consiguió apoderarse del control militar de la ciudad y destituir, el día 28 de junio, al comandante Ansay que había intentado consumar un golpe militar para revertir la situación. A renglón seguido, Isidro Sánchez de la Maza se hizo cargo de la Comandancia de Armas.
Si bien es indudable que la llegada de Corvalán, primer enviado de la Junta, apuró la iniciación de la “Revolución de Junio”, es dable reconocer que también ejerció notable influencia en el desarrollo de los acontecimientos la problemática interna que atravesaba por entonces la comunidad local; este clima doméstico sirvió de caldo de cultivo propicio para que la chispa rebelde proveniente de Buenos Aires detonara de inmediato. Efectivamente, las “fuerzas vivas” mendocinas -comerciantes, hacendados, profesionales, incluso clérigos- desde tiempo atrás cuestionaban la dependencia, tanto burocrática como política, que las ciudades cuyanas debían mantener con Córdoba, fruto de la reforma borbónica implantada a mediados del siglo XVIII. Que la distante cabecera de la Gobernación-Intendencia ejerciera jurisdicción sobre toda la región de Cuyo, era motivo de frecuentes conflictos y quejas de parte de los mendocinos que aspiraban a obtener la autonomía.
En este contexto, la noticia de la Revolución junto a la promesa anunciada por parte de la Junta Provisional de incorporar delegados provinciales para constituir un gobierno amplio y representativo a nivel nacional, fue apoyada con genuino entusiasmo por los sectores influyentes y por el pueblo llano de Mendoza. Similar actitud, impulsada por motivaciones autonómicas y libertarias de intensidad diversa, pudo observarse en San Juan, San Luis, Santiago del Estero, Catamarca, Salta, Tucumán y, también, en poblaciones del Litoral y la Mesopotamia. Los máximos referentes de dichas provincias, salvo pocas excepciones, se persuadieron de que el movimiento revolucionario abriría la posibilidad de contar con autoridades regionales autónomas que fueran representativas de cada realidad puntual y de su idiosincrasia singular. Es así que, entre mediados de junio y principios de julio de 1810 el interior apoyó el pronunciamiento de los hombres de Mayo con la genuina expectativa de asegurarle a cada distrito una razonable libertad de acción y administración.

Por Gustavo Ernesto Demarchi. En: Crítica Digital,23-05-2007.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Allá, donde la Revolución de Mayo estalló en junio

El derrocamiento del virrey Cisneros provocado por sectores patriotas de la sociedad porteña, ingresó a la historia como un acontecimiento trascendente que involucró a toda la nación. No obstante esta percepción colectiva que la historiografía ha consagrado, no quedan dudas de que se trató de un movimiento protagonizado, durante aquel 25 de mayo de 1810, por los habitantes más destacados de la ciudad de Buenos Aires. En las décadas siguientes, la conmemoración del magno suceso, tanto en la capital de la República como en las ciudades y los pueblos del interior, se fijó en dicho día y mes. Paradójicamente, dada la vastedad territorial y los precarios medios de comunicación y transporte disponibles a principios del siglo XIX, en el resto del ancho y largo país de los argentinos la denominada “Revolución de Mayo” en forma explícita tuvo lugar en junio, lo que constituye un curioso galimatías no sólo cronológico.
En 1810 Mendoza era una próspera ciudad comercial de 18.000 habitantes que junto a las localidades de San Juan y de San Luis conformaba la Intendencia de Cuyo, región que fuera puesta bajo la dependencia del gobernador de Córdoba a poco de crearse, en 1776, el Virreinato del Río de la Plata. Con anterioridad, Mendoza había formado parte del Reino de Chile, con cuyo pueblo mantenía fluidas relaciones, tanto económicas como culturales y sociales. Por su parte, la nueva estructura jurisdiccional contribuyó a incentivar los negocios y el tráfico entre los mendocinos y el ya floreciente puerto de Buenos Aires. Por entonces, una tropa de carretas tiradas por bueyes o una recua de mulas cargada de mercaderías y correspondencia demoraba más de dos meses en atravesar la distancia que separa ambas ciudades, a razón de 2-3 leguas de marcha diaria, aunque “reventando caballos” el periplo podía reducirse a 12 o 15 días.
Por ello, no debería sorprender que el 25 de mayo de 1810 en Mendoza, así como en otros tantos lugares del interior proto-argentino, no haya pasado nada digno de mención. Tampoco hubo hechos destacables el 26 ni el 31 de mayo. Recién durante la segunda semana de junio de aquel frío otoño cordillerano, habían llegado rumores dispersos relacionados con la caída del régimen monárquico en la metrópolis española y con la existencia de cierto alboroto cívico en Buenos Aires, la capital virreinal. En tierras andinas, mientras tanto, había que esperar al 13 de junio para que el proceso de transformaciones iniciara su marcha.
En la noche de aquel día 13 arribó a Mendoza un jinete uniformado que traía la noticia oficial de la destitución del virrey y de la formación del primer gobierno criollo en el Río de la Plata. Manuel Corvalán, comandante de fronteras, era el portador de la novedad que fue comunicada de inmediato a las autoridades del lugar. Como es de suponer, la información que había llegado a la hasta entonces apacible villa era fragmentaria e, incluso, contradictoria, dado que el bando emitido por la Junta Provisional, por un lado se hacía cargo de la acefalía del gobierno español producida en la península ibérica y, por el otro, hacía votos de incondicional fidelidad y obediencia al rey Fernando VII, a la sazón cautivo de las tropas napoleónicas, contradicción que -dicho sea de paso- formó parte de la retórica patriótica durante buena parte de la gesta emancipadora.
Por Gustavo Ernesto Demarchi (Diario Crítica de la Argentina,23-05-2007)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Provisionalidad de los gobiernos centrales.

En el transcurso de los 10 años que median entre la Revolución de Mayo (1810) y la caída del poder central (1820) se reunieron dos asambleas con carácter constituyente (1813, 1816-1819). Sólo una de estas asambleas produjo un texto constitucional: el Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas en Sud-América en 1819 que fue rechazado por las provincias debido a su carácter centralista. Los gobiernos revolucionarios que se sucedieron en esos años se constituyeron así en soluciones provisorias destinadas a durar hasta que se reuniera la asamblea constituyente que definiría y organizaría el nuevo Estado. De modo que la organización política del conjunto de los "pueblos" rioplatenses permaneció indefinida. Esta provisionalidad conllevaba una indefinición respecto a rasgos sustanciales; a saber: el de los fundamentos nacionales de los gobiernos centrales, los límites territoriales de su autoridad o sus atribuciones soberanas.
Pero hubo un instrumento preconstitucional que fijó provisoriamente las bases para la organización del nuevo Estado, el Reglamento Provisorio para la Administración y Dirección del Estado del 3 de diciembre de 1817 y que tuvo considerable trascendencia en todo el territorio. Muchas de sus disposiciones permanecieron vigentes en los pueblos luego de la caída del poder central, en la medida en que no fueron reemplazadas por leyes o textos constitucionales propios. No obstante, si este proceso pudo haber sido considerado por los gobiernos centrales y sus aliados en el Interior como una primera etapa hacia la organización de un Estado unitario, el hecho es que en distintos momentos del proceso los pueblos oscilaron entre la simple autonomía, la unión a los gobiernos centrales y las propuestas confederales de Artigas.
En la historiografía argentina se solía interpretar las expresiones autonómicas de los pueblos como resistencias de los partidarios del antiguo régimen contra los partidarios de un nuevo orden encarnado en los gobiernos revolucionarios. Otra interpretación vinculó esas expresiones con los efectos sociales de la guerra de independencia: los descontentos se habrían generado en todo el territorio del ex-Virreinato por los esfuerzos financieros exigidos desde Buenos Aires. Una tercera interpretación las ubicó como tempranas manifestaciones del federalismo. Más recientemente se ha llamado la atención sobre la necesidad de no confundir unitarismo con centralismo, luego de mostrar la existencia de tendencias a la unión de los pueblos del Interior con Buenos Aires, sin embargo opuestas a una administración centralizada. Pero lo que hoy comienza a despejarse es la cuestión del carácter de esas expresiones autonómicas y de su relación con los fracasados proyectos constitucionales. Pues desde el inicio de la Revolución, lo que tejió gran parte de la trama política del período fue la coexistencia conflictiva de soberanías de ciudades con gobiernos centrales que dirigieron sus acciones tendiendo a definir una única soberanía rioplatense.
Así, una de las cuestiones que hoy se plantea es la de discernir, frente a una excesiva identificación de esas expresiones con formas federales, en qué medida la emergencia de la soberanía de los pueblos durante el proceso emancipador puede ser vinculada a una tradición, la del autogobierno de los pueblos, que las reformas borbónicas no habrían podido quebrar. Otra de las cuestiones, se vincula con la necesidad de comprender mejor el alcance y significado de las expresiones de defensa de los llamados "derechos de los pueblos". Bajo la defensa de esos derechos pudo caber tanto una declaración de independencia provisional del gobierno central en un momento de crisis como una manifestación de unión con Buenos Aires.
Por: Dra. Noemí Goldman (U.B.A./CONICET).
En: Nuevas perspectivas en la Historia de la Revolución de Mayo

jueves, 10 de septiembre de 2009

Quién era M. Moreno

El peronismo intelectual tuvo su particular visión revisionista sobre M. Moreno y su sentido de la revolución. En "Apuntes para la militancia" (1965), John William Cooke señala que: "Desde la Independencia, los intereses foráneos tenían su aliado material en la burguesía comercial de Buenos Aires, dispuesta a enriquecerse como intermediaria de un comercio sin restricciones con Europa. Su primera víctima fue Mariano Moreno, cuya visión americanista chocó con el centralismo unitario que subordinaba el país a la política bonaerense." Moreno es sinónimo de Revolución para Norberto Galasso, enrolado en la corriente historiográfica autodenominada "Revisionismo Federal Provinciano Socialista". Desde su "Mariano Moreno y la Revolución Nacional" y "Mariano Moreno, el sabiecito del sur (1944), el Secretario fue "el hombre que sabe lo que quiere y cómo hacerlo, cuando los demás vacilan en medio del desconcierto y el fragor de la lucha: El es ya la revolución"; junto con sus Chisperos, encarna un proyecto revolucionario nacional y democrático.
Para Jorge Abelardo Ramos, el jacobinismo moreniano no era viable porque le faltaba una burguesía industrial que lo acompañara. Caracterizó a Moreno como proteccionista y enemigo del libre cambio, encarnando “la idea de la Nación en Armas contra la reacción absolutista española", además de tener una “comprensión profunda de la realidad" (Revolución y Contrarrevolución en Argentina).
En la visión de Juan José Hernández Arregui, Moreno “había preconizado un programa nacional tan realista como el puesto en práctica por los Estados Unidos al declararse la independencia”. Sentencia además que la historia oficial presenta a un Moreno “liberal, antihispanista y democrático, cuando en realidad fue proteccionista, hispanista y autoritario"(La Formación de la Conciencia Nacional). Ya en la década de 1940, Moreno era presentado como un revolucionario independentista y republicano, pero democrático de acuerdo a R. Puigróss, quien se acercaba al peronismo luego de su expulsión del Partido Comunista (“Mariano Moreno y la Revolución Democrática Argentina" y "Mariano Moreno y su época").
Por: Juan Carlos Ramirez

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Las invasiones inglesas y la crisis del aparato colonial español

Una gran parte de los historiadores coincide en que el 25 de Mayo de 1810 no cayó del cielo. Fueron las invasiones inglesas (1806-1807), las que demostraron, por un lado, el poderío del comercio y la flota inglesa y la precariedad del dominio español en el Río de la Plata, producto del retraso económico y social de España respecto de Inglaterra y Francia, así como también el surgimiento de sectores locales no todavía con una identidad “nacional” pero sí con un interés que no coincidía con el del invasor inglés ni tampoco del todo con el de los funcionarios coloniales españoles. Desde el ángulo de la organización popular, las milicias con comandantes electos por sufragio universal, como los Patricios, pasarían a jugar un papel muy importante como expresión si no de todo el pueblo por lo menos de un sector del pueblo en armas. Esta “militarización de la sociedad” descrita por distintos historiadores expresa una crisis del aparato colonial en suelo rioplatense, que es liberado de la invasión británica pero pierde una parte del monopolio de la fuerza pública.
El mito de la “Primera Junta de Gobierno”
Otra de las cuestiones que señala la historiografía a quien quiera prestar atención, es que la del 25 de Mayo no fue la “primera junta de gobierno patrio”. En realidad la “primera Junta” había sido elegida el día 24 con el ex - virrey Cisneros a la cabeza. La presión de los diversos grupos criollos opositores al virrey fue lo que impuso que el 25 se eligiera la junta que todos conocemos como la “Primera Junta” con Cornelio Saavedra a la cabeza.
En segundo lugar, el carácter “patrio” de la Primera Junta resulta también discutible. Como señalaba Liborio Justo, la Primera Junta no se proponía la independencia respecto de España sino que declaraba “no reconocer a otro Soberano que al Sr. D. Fernando VII y sus legítimos sucesores según el orden establecido por las Leyes”. La junta se pretendía heredera de la legalidad colonial, frente a la capitulación de la monarquía española ante Napoleón.
Fue, como señalaba otro historiador marxista, Milcíades Peña, la intransigencia de los “mandones” españoles y de la propia metrópoli lo que llevó a la proclamación de la independencia.
Por estos motivos, el 25 de mayo de 1810 es sólo el comienzo, por cierto vacilante, de un proceso mucho más amplio que vale la pena conocer.
Por: Juan del Masso

jueves, 27 de agosto de 2009

Nuevas perspectivas

El proceso abierto por la crisis de la Monarquía española y las guerras de independencia en el Río de la Plata revela que la nación Argentina es el producto de una historia conflictiva de construcción no sólo de las formas de organización política sino también de la propia identidad nacional. Desde esta perspectiva, en los últimos 10 años se produjo una interesante renovación de temas de estudio con materiales poco explorados hasta el presente, así como una reformulación de preguntas a temas clásicos. Estas nuevas cuestiones las abordaré centrando mi exposición en tres temas: la identidad, la soberanía y la representación política.
Las formas de la identidad colectiva: En los últimos años se ha reexaminado la relación existente entre el proceso de Independencia y la formación de la Nación, a raíz de los nuevos indicios que revelaron la ambigüedad en la que se encontraba el sentimiento público en los inicios de la Revolución. Las diferentes expresiones del sentimiento público durante el tramo final de la crisis del antiguo orden y el principio de la Revolución, revelan que se podía ser español americano frente a lo español peninsular, rioplatense frente a lo peruano o porteño frente a lo cordobés. Es decir, que la existencia de elementos de diferenciación de los americanos con respecto a los europeos a fines del siglo XVIII, reconoce a menudo un origen diferente del de aquellos que se vincularon posteriormente con la emergencia de una identidad nacional durante el siglo XIX.
Un reexamen del uso de vocablos significativos como español americano, patria y ciudad, en el periodismo ilustrado anterior a la Revolución de Mayo, descubrió cómo formas de identidad tales como la de español americano y la de argentino cobraron una dimensión distinta de la que suele atribuírseles, y permitió comprender mejor su presencia y peso relativo en el proceso de gestación de una nacionalidad argentina. Esta perspectiva llevó al historiador José Carlos Chiaramonte a revisar el presupuesto de la existencia de una identidad nacional prefigurada a fines del período colonial. En efecto, Argentino habría surgido, antes de 1810, de un impulso de regionalismo integrador dentro del mundo hispano y en enfrentamiento a lo peruano debido a la rivalidad entre Lima y Buenos Aires. Por su parte español americano habría correspondido a una forma de identidad cuya génesis es la oposición regional americana a lo español.
Lo cierto es que estos vocablos no tradujeron la existencia de un sentimiento de nacionalidad unívoco, ni argentino, ni de otra naturaleza que estuviese por reemplazar al español. Argentino es sinónimo de habitante de Buenos Aires y sus zonas aledañas. El alcance territorial del término se expandió en la medida en que se consideró una relación de posesión por parte de la capital virreinal sobre el resto del territorio. De modo que la permanencia de los sentimientos de "americano" y "provincial", iniciado el proceso emancipador, no constituyeron adherencias extrañas a un presupuesto sentimiento "nacional" argentino, sino formas alternativas del sentimiento público. De las diversas formas de identidad colectiva que convivieron a fines del periodo colonial, se distinguirán con mayor claridad tres formas luego de 1810: la identidad americana, la urbana luego provincial y la rioplatense o argentina.
Por otra parte, en los primeros años de la Revolución nación remite tanto a la nación española como a la nación americana. La expresión nación argentina fue completamente desconocida al iniciarse el movimiento emancipador. La nación que se concibe hacia 1810 en el Río de la Plata exhibe así un aspecto concreto y territorial, es la reunión de sus componentes; es decir de los pueblos y provincias intendenciales. Estos rasgos no serían exclusivos del Río de la Plata, se encuentran asimismo en las argumentaciones de los diputados americanos a las Cortes de Cádiz donde el sustrato territorialista se vinculaba con las tradiciones y los principios del Derecho de Indias.
Sin embargo, la ruptura definitiva e irreversible del vínculo con la Corona española, que significó la declaración de la independencia en 1816, hizo desaparecer parte de esta ambigüedad de los referentes asociados a nación; a partir de ese momento, nación se vinculó en forma predominante a Río de la Plata. Pero lo cierto es que el concepto de nación, presente en los debates constitucionales entre 1813 y 1827, no remite ni a un pasado histórico ni a un pasado étnico sino a algo que se constituye sólo por la voluntad de sus asociados. La nación aparece claramente en asociación a Estado, congreso, constitución y forma de gobierno.
Finalmente, es en el vocablo los pueblos donde se encuentra una de las claves de la cuestión de la identidad política emergente con el proceso de emancipación. Pues, los pueblos, en el lenguaje de la época, fueron las ciudades convocadas a participar por medio de sus cabildos en la Primera Junta. Y fueron estos mismos pueblos, convertidos, luego de la retroversión de la soberanía del monarca, en soberanías de ciudad, los que protagonizaron gran parte de los acontecimientos políticos de la década. Con la caída del poder central en 1820, los pueblos tendieron a constituirse en Estados soberanos bajo la denominación de provincias.
Por: Dra. Noemí Goldman (Universidad de Buenos Aires/CONICET)

Nuevas perspectivas en la Historia de la Revolución de Mayo II

La provisionalidad de los gobiernos centrales y la cuestión de la soberanía.
En el transcurso de los 10 años que median entre la Revolución de Mayo (1810) y la caída del poder central (1820) se runieron dos asambleas con carácter constituyente (1813, 1816-1819). Sólo una de estas asambleas produjo un texto constitucional: el Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas en Sud-América en 1819 que fue rechazado por las provincias debido a su carácter centralista. Los gobiernos revolucionarios que se sucedieron en esos años se constituyeron así en soluciones provisorias destinadas a durar hasta que se reuniera la asamblea constituyente que definiría y organizaría el nuevo Estado. De modo que la organización política del conjunto de los "pueblos" rioplatenses permaneció indefinida. Esta provisionalidad conllevaba una indefinición respecto a rasgos sustanciales; a saber: el de los fundamentos nacionales de los gobiernos centrales, los límites territoriales de su autoridad o sus atribuciones soberanas.
Pero hubo un instrumento preconstitucional que fijó provisoriamente las bases para la organización del nuevo Estado, el Reglamento Provisorio para la Administración y Dirección del Estado del 3 de diciembre de 1817 y que tuvo considerable trascendencia en todo el territorio. Muchas de sus disposiciones permanecieron vigentes en los pueblos luego de la caída del poder central, en la medida en que no fueron reemplazadas por leyes o textos constitucionales propios. No obstante, si este proceso pudo haber sido considerado por los gobiernos centrales y sus aliados en el Interior como una primera etapa hacia la organización de un Estado unitario, el hecho es que en distintos momentos del proceso los pueblos oscilaron entre la simple autonomía, la unión a los gobiernos centrales y las propuestas confederales de Artigas.
En la historiografía argentina se solía interpretar las expresiones autonómicas de los pueblos como resistencias de los partidarios del antiguo régimen contra los partidarios de un nuevo orden encarnado en los gobiernos revolucionarios. Otra interpretación vinculó esas expresiones con los efectos sociales de la guerra de independencia: los descontentos se habrían generado en todo el territorio del ex-Virreinato por los esfuerzos financieros exigidos desde Buenos Aires. Una tercera interpretación las ubicó como tempranas manifestaciones del federalismo. Más recientemente se ha llamado la atención sobre la necesidad de no confundir unitarismo con centralismo, luego de mostrar la existencia de tendencias a la unión de los pueblos del Interior con Buenos Aires, sin embargo opuestas a una administración centralizada.
Pero lo que hoy comienza a despejarse es la cuestión del carácter de esas expresiones autonómicas y de su relación con los fracasados proyectos constitucionales. Pues desde el inicio de la Revolución, lo que tejió gran parte de la trama política del período fue la coexistencia conflictiva de soberanías de ciudades con gobiernos centrales que dirigieron sus acciones tendiendo a definir una única soberanía rioplatense.
Así, una de las cuestiones que hoy se plantea es la de discernir, frente a una excesiva identificación de esas expresiones con formas federales, en qué medida la emergencia de la soberanía de los pueblos durante el proceso emancipador puede ser vinculada a una tradición, la del autogobierno de los pueblos, que las reformas borbónicas no habrían podido quebrar. Otra de las cuestiones, se vincula con la necesidad de comprender mejor el alcance y significado de las expresiones de defensa de los llamados "derechos de los pueblos". Bajo la defensa de esos derechos pudo caber tanto una declaración de independencia provisional del gobierno central en un momento de crisis como una manifestación de unión con Buenos Aires.

Representación política
La cuestión de la soberanía se vinculó asimismo con otro rasgo sustancial de la vida política de los meses posteriores a la Revolución: las prácticas representativas inauguradas por el nuevo poder. Por primera vez los habitantes del Río de la Plata empezaron a ser periódicamente convocados para elegir juntas gubernativas, diputados constituyentes, gobernadores y miembros de cabildos. Surgió así un espacio de actividad propiamente política, inexistente en la sociedad colonial, donde la política no aparecía como actividad diferenciada de la sociedad. Sin embargo, las nuevas formas representativas comenzaron rigiéndose por aquellas desarrolladas en España en ocasión de la convocatoria a diputados para las Cortes españolas de 1809. Durante la primera década revolucionaria todo el sistema de representación se encontraba así regido por la ciudad, y dentro de ésta limitado a la porción de habitantes que eran considerados vecinos según la tradición hispánica.
La definición moderna del concepto de ciudadano, como en el Estatuto de 1815 y se ajustó al principio de la soberanía popular y de la igualdad ante la ley. El Estatuto incorporó asimismo la representación de la campaña. Pero para la elección de diputados al Congreso de 1816, sólo excepcionalmente se realizaron elecciones en las campañas de las ciudades. Otro rasgo característico de este período (y de los que le seguirán hasta el acuerdo de San Nicolás de 1852) es el mandato imperativo, figura tomada del derecho privado castellano, en virtud de la cual los representantes electos eran apoderados de sus electores y debían limitar su actuación a las instrucciones que les eran dadas.
De esta forma, entre 1810 y 1820, en Buenos Aires coexistieron conflictivamente el Cabildo y los gobiernos centrales, dos ámbitos políticos de distinta naturaleza por su origen y por sus funciones. Sólo a partir de 1820, cuando el nuevo Estado provincial genere dos ámbitos de poder, el gobierno provincial, con su Junta de Representantes, y el Cabildo, se producirá una superposición de jurisdicción que llevará a la supresión del Cabildo; proceso que con variantes propias se llevó también a cabo en las demás provincias.

El legado de la Revolución
Con los términos "barbarización del estilo político", "militarización" y "ruralización" Tulio Halperín Donghi había puesto de relieve los efectos de la Revolución y la guerra de la independencia sobre las bases sociales del poder y el equilibrio social preexistente. En el interior mismo de la elite había observado un avance de la brutalidad en aquellos que participaron de la escuela administrativa y militar del poder revolucionario. Pero el cambio más notable se vinculó al poder cada vez más amplio que la coyuntura guerrera había conferido a las autoridades locales -militares, policiales y judiciales- encargadas de canalizar los recursos humanos y económicos de las zonas rurales. Sin embargo, a pesar del ascenso político de caudillos rurales, las modificaciones en el equilibrio del poder fueron más internas que exteriores al grupo dirigente. Pues los gobiernos centrales no dejaron de aconsejar a sus delegados en el Interior, la necesidad de reducir al mínimo las tensiones sociales con el fin de mantener el equilibrio interno de los sectores altos preservando la unidad de las familias.
Ahora bien, estas familias integraban sociedades locales que se incorporaron al proceso revolucionario reclamando parte de la soberanía antes depositada en el monarca. Al mismo tiempo, los gobiernos centrales y las asambleas constituyentes promovieron proyectos político-estatales de unidad mayor pero que no lograron plasmarse. De allí deriva el carácter provisional que los pueblos acordaban a los gobiernos centrales y las relaciones por momentos muy conflictivas que mantuvieron con ellos, mientras manifestaban su deseo de unión pero bajo formas que pudieron ir desde la simple alianza, la unión confederal hasta el Estado unitario. Y una prueba más de ello fue el caótico y conflictivo proceso de definición de una identidad colectiva luego de la crisis de la monárquica ibérica y del consiguiente vacío de poder en el que desembocó el Río de la Plata en 1810. La tendencia a definir una identidad política "nacional" coexistió así durante el período con otras que las precedieron: la hispanoamericana y la local. Aquí residiría entonces una de las claves más importantes para entender porqué, desaparecido el poder central en 1820, los esfuerzos de reorganización estatal se concentraron en lo que permaneció como el ámbito más real de unidad socio-política: la provincia.
En suma, las nuevas miradas aquí esbozadas, pretenden alcanzar, más allá del atractivo e influjo personal de los caudillos, una mejor comprensión de procesos que bajo la denominación de ''anarquía'' o ''barbarie'' fueron olvidados o permanecieron deformados en la memoria histórica de los argentinos.

Por: Goldman, Noemi
Para la redacción de esta conferencia la autora utilizó parte del material publicado en: Revolución, República, Confederación (1806-1852), Tomo 3 de la Nueva Historia Argentina, Editorial Sudamericana, 1998. Fecha de aparición: junio de 1999.

domingo, 23 de agosto de 2009

El peligro de perder la Memoria

Hace muchos años visito el edificio de la avenida Alem. Conocí personalmente su grave deterioro y padecí en carne propia la falta de las más mínimas comodidades junto con colegas argentinos y extranjeros, para vergüenza nacional. La mayoría de sus directores trataron de hacer algo para mejorar la situación, pero se encontraron con un problema vital: la falta de presupuesto y el olvido o "ninguneo" de la institución por parte del Ministerio del Interior, del cual depende. En la década pasada hubo un gran proyecto de trasladar el Archivo a un edificio acorde con sus necesidades, pero no llegó a concretarse, aunque sí se cambió el mobiliario y se arreglaron los sanitarios y algunas falencias edilicias. También comenzaron desinfecciones una o dos veces por mes los días viernes a partir de las 14, por lo que se acortó el horario de atención al público tres horas.
Muchas falencias se pudieron superar, además, por la labor digna de destacar del personal del Archivo, que siempre con la mayor buena voluntad y predisposición ha atendido a los investigadores. Todos somos conscientes de la necesidad de digitalizar y utilizar los medios más modernos para preservar el patrimonio documental, incluyendo los archivos sonoros, fílmicos y gráficos, pero mucho mayor es la necesidad de contar con un edificio en condiciones, algo por lo que se viene bregando desde hace mucho tiempo.
Durante años los directores fueron nombramientos políticos, sin llamado a concurso, y el funcionario designado padeció el ostracismo de la falta de medios para mejorar la realidad. La llegada de José Luis Moreno, a propuesta de numerosos historiadores, significó una luz de esperanza, por la probidad y eficiencia de su gestión. Hizo mucho con contados recursos y tanto más esperábamos de su gestión. Abierto al diálogo franco, sin exclusiones ideológicas, nos manifestó en un par de ocasiones los reclamos que hacía al Ministerio para atender las más elementales necesidades.
En las vísperas del Bicentenario se abre un nuevo interrogante: de seguir sin recursos el Archivo, corremos el grave riesgo de perder la memoria de más de 400 años de historia. Es hora de que el Poder Ejecutivo y el Legislativo adviertan que ya no hay tiempo que perder.
Por: Roberto L. Elissalde. (Publicado en La Nación el 19/08/2009

sábado, 15 de agosto de 2009

Plan de Operaciones, 1810

"Ya que la América del Sud ha proclamado su independencia, para gozar de una justa y completa libertad, no carezca de las luces que se le han encubierto hasta ahora y que pueden conducirla en su gloriosa insurrección. Si no se dirige bien una revolución, si el espíritu de intriga, ambición y egoísmo sofoca el de la defensa de la patria, en un palabra: si el interés privado se prefiere al bien general, el noble sacudimiento de una nación es la fuente más fecunda de todos los excesos y del trastorno del orden social. Lejos de conseguirse el nuevo establecimiento y la tranquilidad del interior del estado que es en todos tiempos el objeto de los buenos, se cae en la mas horrenda anarquía, de que se siguen los asesinatos, las venganzas personales, y el predominio de los malvados sobre el virtuoso y pacifico ciudadano".
Mariano Moreno. "Plan de Operaciones", 1810.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Memorias contra Memorias

La investigación histórica sobre momentos importantes de nuestro pasado tiene un importante componente artesanal por fuerza de las condiciones en las que debe desarrollarse.
Se busca echar luz sobre tantas sombras y opacidades a base de archivos personales, testimonios recortados, memorias parciales; y esto es así, en primer lugar, por el desguace que han sufrido nuestros archivos nacionales, como reflejo de los agujeros infligidos a nuestra memoria histórica.
No sólo por parte de quienes ocuparon de hecho o de derecho responsabilidades de Estado y desatendieron, olvidaron o, peor aún, destruyeron o se llevaron a sus casas documentos públicos con valor histórico.
También por la escasa cultura del testimonio y la autobiografía honesta por parte de personajes y personalidades públicas.
Son taras que todavía está sufriendo nuestro país y demuestran que nunca se agota el viaje al pasado para encontrar piezas que nos ayuden a reconstruir caminos y horizontes. Por eso seguramente el éxito que tienen libros que buscan reconstruir esos fragmentos, hechos, procesos, biografías personales o colectivas.
Por: Fabián Bosoe

Van por el Archivo General de la Nación

Nota por el Archivo General de la Nación. La siguiente nota debe contar todo nuestro apoyo.
Se ruega a los que quieran estar incluídos, lo hagan con prontitud. Se requiere el nombre y DNI.
Pueden enviar sus datos a este correo: archivosargentinos@gmail.com

Buenos Aires, 10 de agosto de 2009

Situación del Archivo General de la Nación (AGN)

En el día de la fecha el Secretario de Interior le ha solicitado la renuncia a su cargo de Director General del Archivo General de la Nación al Lic. José Luis Moreno.
La situación del Archivo General de la Nación es preocupante. El creciente deterioro de las condiciones edilicias, reiteradamente señaladas por el Lic. Moreno, pone en riesgo la guarda y conservación de los documentos que le han sido confiados y que son vitales para la comprensión y estudio de nuestra historia.
La continua demora en implementar los proyectos de digitalización y modernización que han sido autorizados por decreto presidencial, que destina fondos para esa empresa, presagian peores momentos.
La Dirección General a cargo del Lic. Moreno constituía una garantía de probidad y eficiencia. Durante su gestión se avanzó en proyectos que abarcaron desde la participación en el proyecto de modernización hasta el reestablecimiento de la relación del AGN con las organizaciones archivísticas internacionales, pasando por la capacitación del personal y el intento de reorganizar técnica y funcionalmente al AGN. El pedido de renuncia es una demostración palpable de la desidia con la que las autoridades del Ministerio del Interior encaran su gestión del Archivo General.
Los abajo firmantes, ciudadanos preocupados por nuestro acervo documental, historiadores, investigadores y estudiosos de nuestro pasado manifestamos nuestra preocupación y solicitamos que el Gobierno Nacional tome las medidas adecuadas para garantizar la guarda y conservación de nuestros documentos, como así también que la Dirección General del AGN sea encomendada a quien pueda exhibir los títulos suficientes para ejercerla, tal como los posee el Lic. Moreno.

sábado, 8 de agosto de 2009

Saavedra


Nació en las cercanías de Potosí, el 20 de febrero de 1761. Vino de niño a Buenos Aires y estudió filosofía en el colegio de San Carlos. Dedicado al comercio, consiguió labrarse una posición y en 1799 fue elegido regidor del Cabildo. A fines de 1806, cuando la ciudad se preparaba para resistir a una probable segunda invasión inglesa, se le nombró jefe del regimiento que se llamó de Patricios, por que se compuso de americanos voluntarios. Al frente del Regimiento que había organizado y disciplinado, tomó parte activa y decisiva de la Defensa en julio de 1807, y desde entonces Saavedra vino a ser la columna en que se asentaba el prestigio y el poder de Liniers. Cuando se desarrollaron los sucesos de 1º de enero de 1809, Saavedra con sus tropas decidió a Liniers para que se mantuviese en el mando. Conociéndose sus ideas, fue visto para que entrase en el movimiento emancipador, y aceptó.
Su voto prevaleció en el Cabildo abierto de 22 de mayo de 1810, expresándose que "subrogase el mando superior que obtenía el virrey en el Cabildo, interín se formase la Junta que debía ejercerlo, la que debería ser elegida en la forma y modo que estimase el Cabildo, a quien el pueblo le confería la autoridad." El Cabildo le nombró en la junta que tenía que actuar bajo la presidencia del virrey, pero en la sesión del 25 tuvo que variar la composición de esta autoridad y respetando la exigencia de la petición popular, le nombró presidente de lo que sería el primer gobierno patrio.

Una Revolución Burguesa a la criolla

Como buenos burgueses, nuestros próceres pusieron sus preocupaciones intelectuales en cómo incrementar las ganancias. En sus periódicos, además del libre comercio, se hacía especial énfasis en la necesidad de la defensa de la propiedad, a cualquier precio, y en la mala conducta de los trabajadores. En 1801, el gobierno apresa al cabecilla de una banda de salteadores, el capitán Curú. El reo es traído a Buenos Aires. El Telégrafo Mercantil lo celebra y relata lo sucedido de este modo:
“¡Qué amparo y seguridad tendrían los habitantes de nuestras campañas, en sus vidas y haciendas, si la mano fuerte de la Justicia no los hubiese preso, si no los hubiese ahorcado, descuartizado al capitán Curú, cortado a todos las cabezas y manos alevosas y fijado estos horribles signos para escarmiento de otros, en los lugares mismos donde perpetraron sus delitos!”
En 1810, Belgrano escribe azorado: “La falta de peones es otro entorpecimiento grave para los labradores, no porque efectivamente falten sino porque no hay celo en que tantos anden vagos sin quererse conchabar. Y como no hay quien los compela al cumplimiento de sus deberes, sigue el mal arruinando hasta que se les ponga a éstos en estado de sumisión”. Nuestro prócer propone eliminar las fuentes alternativas de vida. Para ello, haría falta:
“Empadronar toda la campaña para estorbar muchos desórdenes ejecutándolo los jueces con toda prolijidad, que así teniendo los Alcaldes sus padrones sabrán cuáles son vagos, descubriéndose asimismo el que no tiene modo de mantener su familia sino del robo”.
La dirección burguesa no podía actuar sola. Los revolucionarios tuvieron que trazar una serie de alianzas con clases explotadas. ¿Quiénes eran? Dejaron poco rastro, pero pudimos acceder a los datos de algunos milicianos que participaron en los diferentes levantamientos y en la semana de mayo. En particular, los del Cuerpo de Patricios. En su mayoría eran “artesanos” y, en segundo lugar, “jornaleros”. Los primeros eran pequeños productores de artículos manufacturados. Tenían tienda propia o trabajaban para un patrón. Pero, en virtud de su saber, podían acumular algo de dinero para ponerse su propio local. Los “jornaleros”, en cambio, eran trabajadores sin especialización, que podían emplearse en la ciudad o en el campo.
Estas clases fueron convocadas a la movilización y al armamento en 1806 y permanecieron muy activas. Los alistados permanecían con las armas, los oficiales se elegían en asamblea y en los cuarteles se discutía de política.
Por: Fabián Harari (Publicado en Diario Crítica de la Argentina, el 25/05/09).

domingo, 26 de julio de 2009

Una Revolución que no fue tal.

El 25 de mayo tiene más valor simbólico que histórico. Valor simbólico de un hecho fundacional que todo pueblo necesita reconocer para afianzar su identidad. No fue el 25 de mayo un grito heroico de libertad como el de Tupac Amarú.
No hubo violencia, que es según el Diccionario de la Real Academia Española una de las características ineludibles que tiene el vocablo revolución, ni hubo cambios radicales. No fue tampoco una gran movilización popular como lo fue la reconquista de Buenos Aires durante las invasiones inglesas. No fue un gesto imperativo de la masa sublevada pero tampoco una decisión tomada exclusivamente por los doctores y la "gente decente" como lo cuenta la historia liberal mitrista.
No declaró la independencia pues se hizo en nombre de Fernando VII. Destituyó un virrey, pero ese hecho ya tenía antecedentes con la destitución de Sobremonte cuando se eligió a Liniers.
Caracterización de la Revolución
Para la historia oficial Mayo es una revolución antihispanica, porteña, separatista y probritánica. Tiene el objetivo primordial de vincularnos económicamente con Inglaterra. Fue realizada, como ya dijimos, por la gente decente del puerto. Para ellos las invasiones inglesas sembraron la idea de la libertad en los porteños y el proceso fue también parte de una maniobra geopolítica de Inglaterra y su diplomacia. Sostienen que la bandera principal fue el librecambio y el hombre que personifica la revolución es el liberal colonizado, autor de la "Representación de los Hacendados", Mariano Moreno.
Sin dudas, con matices y un poco más ajustada a la verdad ante diversos embates, esta es la versión que predomina culturalmente aun hoy. Fue pensada por el liberalismo argentino, con la finalidad de construir un hito fundacional a imagen y semejanza de Mitre, Sarmiento y cía. Es un relato histórico destinado a justificar, con el pasado, toda la política antinacional y entreguista que sobrevino a Caseros y Pavón. Toda política antinacional, desde Rivadavia hasta la dictadura de 1976, invoca este Mayo como antecedente de sus acciones.
Frente a esta versión interesada, se abrió paso otra explicación de los hechos de Mayo. Para una corriente del revisionismo histórico, Mayo fue una Revolución Democrática. Más que separatista y antihispanica, fue una lucha entre demócratas influidos por las ideales revolucionarios del siglo XVIII contra los absolutistas y burócratas monárquicos aferrados a los privilegios de la vieja España reaccionaria. Distingue con claridad dos tipos de liberalismos, uno de corte colonial y dependiente, conservador, europeizado, elitista y oligárquico y otro de corte revolucionario, democrático y nacional. En este último se inscribe el impulso inicial de Mayo. No fue pues una lucha entre criollos y españoles, fue una lucha entre demócratas y absolutistas, una disputa entre partidos políticos y no entre naciones.
Esta construcción histórica no fue tan homogénea ni inmediata como su antagonista. Aun hoy recibe aportes. Tal vez porque se cumplió la sentencia que a la historia la escriben los que ganan, se tuvo que esperar mucho tiempo y autores como para dar cuerpo a esta corriente que encuentra sus orígenes en Juan Bautista Alberdi y sus "Escritos Póstumos". Bajo esta perspectiva se puede comprender en su plenitud a un Mariano Moreno revolucionario y su "Plan de Operaciones" junto con la obra de la mayoría de los patriotas de Mayo.
Estas son las dos grandes corrientes que explican la Revolución de Mayo. Sin dudas hay otras, como también matices entre ellas. Pero creo que en líneas generales estas reflejan la disputa histórica sobre el tema en cuestión.
Por: Gonzalo García

sábado, 18 de julio de 2009

La Revolución de 1810 y su lugar en la cultura política argentina

Como ocurre cada año, el mes de mayo encuentra a los argentinos conmemorando acontecimientos cuyo significado muchas veces resulta oscuro a no pocas personas. Desde nuestro ingreso al sistema educativo allá en los tiempos de la infancia, cada año hemos presenciado las imágenes canónicas sobre la Revolución de Mayo tales como las del "pueblo" concentrado frente al Cabildo, la de unos entusiastas French y Beruti distribuyendo escarapelas blanquicelestes o la de los negros que felices repartían mazamorra entre los que asistieron a la Plaza durante aquellos días de otoño porteño. Resulta, sin embargo, que la realidad era bastante diferente: "pueblo" no tenía el significado que actualmente damos a la noción, los colores blanco y celeste eran distintivos de la dinastía borbónica y no la insignia de una nación independiente y, por último, la población negra continuaba sujeta a la esclavitud, condición que en el espacio rioplatense no desaparecería sino hasta mediados del siglo XIX. Pero más allá de la iconografía puesta en juego una y otra vez en los actos escolares, la centralidad que ocupan los sucesos de Mayo en la memoria histórica de los argentinos debe mucho a la historiografía romanticista producida durante el último cuarto del siglo XIX. Esas interpretaciones, entre las que las de Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López son las más conocidas, instituyeron lo que podría denominarse el "mito de origen" de la nación argentina, que fue recogido por un sistema educativo nacional que por esos mismos años estaba dando sus primeros pasos. Para aquellos políticos-escritores, la nación argentina había nacido en Mayo de 1810 y si no había logrado consolidarse en las (varias) décadas que le siguieron, no fue –siempre según su mirada– sino a causa de la "anarquía" en la que los caudillos habrían hundido a la nación a partir de 1820.
Las investigaciones desarrolladas por los historiadores profesionales en las últimas décadas han permitido revisar críticamente la coyuntura de Mayo y los procesos políticos que la misma desató. Gracias a esa producción, existe actualmente en la historiografía argentina un sólido consenso en torno de lo que los sucesos de Mayo de 1810 no fueron. En primer lugar, Mayo no representó en absoluto el nacimiento de la nación argentina. En realidad, una identidad argentina sólo comenzó a construirse mucho más tardíamente y gracias al impulso dado por el Estado. Por otra parte, la independencia no era un objetivo que persiguieran desde la partida los protagonistas de 1810. Acaso basta con recordar que las Provincias Unidas declararon su independencia respecto de España recién en 1816 (¡seis años después!), en un contexto político en el que las cartas ya estaban jugadas. Por último, las decisiones tomadas por esos revolucionarios no obedecían a un proyecto elaborado previamente, aun cuando una pequeña minoría había participado en algunas sociedades secretas. Pero si nada de eso ocurrió, bien vale preguntarse qué fue lo que sucedió en mayo de 1810.
¿De qué se trató Mayo?
Para comprender los sucesos que tuvieron lugar durante los últimos días de aquel mayo es necesario recordar que la ciudad de Buenos Aires, como capital del Virreinato del Río de la Plata, estaba profundamente ligada a la unidad política y cultural que representaba la Monarquía hispánica. Esto resulta sobre todo claro si se repara en el rechazo unánime que despertó en los españoles americanos y peninsulares la invasión napoleónica a la Metrópoli y la abdicación forzada de Fernando VII en Bayona, en mayo de 1808, tras la que José Bonaparte –hermano del emperador francés– fue coronado rey de España. En la península, ese rechazo se tradujo en levantamientos contra los invasores franceses y en la formación de juntas que reasumían temporalmente la soberanía hasta tanto Fernando VII fuera restituido en el trono. Algo muy similar ocurrió en las colonias americanas, donde también se conformaron juntas que juraron lealtad a Fernando VII, a quien se seguía viendo como rey legítimo. La Junta Central que se había constituido ese mismo año para dar al conjunto de la monarquía un gobierno provisional conocía la precariedad de su legitimidad: sólo estaban representados en ella los "reinos" peninsulares, mientras no así los americanos. Para suplir esa debilidad, en enero de 1809 la Junta convocó a todas las partes de la monarquía a que enviaran sus representantes a las Cortes que se celebrarían en Cádiz, último bastión de la resistencia española. Sin embargo, muy poco tiempo después la Junta decidió disolverse y ceder su autoridad a un Consejo de Regencia, en el que ya ningún "reino" estaba representado. Si la representación otorgada a América y Filipinas en las Cortes de Cádiz había generado controversia –mientras que se dieron nueve diputados a las colonias, treinta y seis correspondieron a la Metrópoli–, fue todavía más claro el rechazo que el Consejo de Regencia recibió de parte de algunas colonias, dado que se consideraba que en ausencia del rey sólo podía reclamar legitimidad un organismo en el que estuvieran representadas las distintas partes del Imperio hispánico. Inicialmente las colonias americanas habían reconocido la autoridad de la Junta Central, pero una vez disuelta ésta, algunas de aquéllas acusaron de ilegítima la formación del Consejo. En ausencia del rey y sin un poder provisional legítimo, las autoridades coloniales carecían de legitimidad, lo que de ningún modo significaba un rechazo al monarca. Sólo así puede entenderse que el cabildo abierto celebrado en Buenos Aires el 22 de mayo de 1810 decidiera deponer al virrey Cisneros para luego formar una junta que juró lealtad a Fernando VII, el rey cautivo.
Sin embargo, no todo terminó allí. El 25 de mayo, un nuevo cabildo forzó la disolución de la junta presidida por Cisneros y la creación de un nuevo cuerpo de gobierno bajo el nombre de Primera Junta. Como presidente de la misma fue elegido Cornelio Saavedra, un miembro de la elite porteña que había tenido un papel protagónico en la represión de las iniciativas juntistas planteadas en Buenos Aires en 1809. Lejos de declarar la independencia, la Primera Junta juró lealtad a Fernando VII, pero reclamó el derecho de reasumir la soberanía para constituir un gobierno provisional mientras durase el cautiverio del rey legítimo.
Por LISANDRO GALLUCCI. Diario "Río Negro"

martes, 14 de julio de 2009

Revolución y libre cambio

"Los revolucionarios de 1810, por ejemplo, con exclusión de Mariano Moreno, adoptaron sin análisis las doctrinas corrientes en Europa y se adscribieron a un libre cambio suicida. No percibieron siquiera, esta idea tan simple: si España, que era una nación poderosa, recurrió a medidas restrictivas para mantener el dominio comercial del continente, ¿cómo se defenderían de los riesgos de la excesiva libertad comercial estas inermes y balbuceantes repúblicas sudamericanas? Pero el manchesterismo estaba en auge y a su adopción ciega se le sacrificó todas las industria locales".
Raúl Scalabrini Ortiz. "Política Británica en el Río de la Plata" (1936). Prólogo

miércoles, 8 de julio de 2009

Revolución política y Revolución social en la Revolución de Mayo

Uno de los grandes problemas de la historiografía, sobre todo de la de tendencia marxista o marxistizante, es cómo definir un proceso como la revolución de Mayo. Durante décadas, el Partido Comunista Argentino, con diversas variantes interpretativas, creyó ver en la revolución de mayo una revolución democrático-burguesa del tipo de la revolución francesa, que no había logrado consumarse. Contra esta tesis, Milcíades Peña, planteaba que la revolución de Mayo había sido únicamente un cambio en el régimen político pero no había afectado la estructura social. En esto, Peña combinaba sus propios análisis de historiador marxista y trotskista con los análisis de Juan Bautista Alberdi, de quien proviene la tesis de que la revolución de Mayo fue solamente una revolución política. Desde esta lectura, el proceso de Mayo habría implicado solamente un cambio de régimen y de personal político, en un marco de consolidación de la relación del Río de la Plata con el capital británico.
Sin embargo, corresponde a otro historiador marxista como Liborio Justo el mérito de haber señalado los aspectos más radicales del proceso de la revolución de Mayo. Sin negar de plano los análisis de Milcíades Peña en cuanto a las limitaciones de la revolución de Mayo, Liborio Justo hace hincapié en la campaña de Castelli al Alto Perú, que proclamó la liberación de los aborígenes, y en el pensamiento de Mariano Moreno, expresado en su “Plan Revolucionario de Operaciones”, que proponía la nacionalización de las minas, los ingenios, obrajes y talleres. Entonces, en qué quedamos? Fue solamente una revolución política? O fue un proceso emancipador de los sectores más oprimidos por la sociedad colonial? Ni tanto ni tan poco.
Si analizamos sus resultados concretos, la revolución de Mayo no fue una revolución social, porque no modificó lo esencial de la estructura económico-social, salvo dar mayor impulso al comercio inglés, que ya tenía un peso preponderante, limitado sólo por el monopolio español, maltrecho por el contrabando.
Ahora bien. Este hecho, no permite circunscribir el proceso de Mayo a un mero recambio por arriba en las élites gobernantes. Esa es una lectura reduccionista que olvida que la revolución de Mayo fue el inicio de un proceso de lucha independentista a nivel continental, que había sido precedido durante las últimas décadas del siglo XVIII por la independencia norteamericana, la rebelión de Tupac Amaru y la revolución en Haití.
En segundo lugar, iniciativas como las de Castelli en su campaña al Alto Perú indican que si bien no fueron predominantes, existieron dentro de la revolución, sectores que perseguían distintos aspectos de emancipación social, que resultaban indispensables para que hubiera un cambio en profundidad respecto de la dominación colonial. Y esos intentos, aunque no se impusieron, existieron.

Por: Juan Dal Maso

sábado, 4 de julio de 2009

25 de Mayo y los paraguas, de L Sánchez de la Peña

Nunca se dio la famosa escena de la gente en el balcón y la multitud en la plaza. La multitud y los patricios presionaron al Cabildo durante buena parte del día 25 de mayo. Como las deliberaciones se hicieron muy largas, la mayoría de la gente se fue. Entonces, en el momento en que los revolucionarios (apelando al pueblo que estaba afuera) lograron imponer su deseo, es decir una junta sin la intervención del virrey, ellos y los cabildantes salieron al balcón a anunciar el éxito. Pero había tan poca gente que un miembro del Cabildo, Leiva, que se oponía al cambio, dijo "¿dónde está el pueblo?". La presencia en la plaza se había convertido en algo importante.
De hecho, la reunión en la plaza Mayor, luego llamada de la Victoria y que terminaría siendo la Plaza de Mayo se transformaría en un elemento clave de la política porteña y más tarde de la Argentina. Ya desde el período colonial era un lugar decisivo para presionar a los gobiernos.
La Revolución del 25 de Mayo estuvo protagonizada por vecinos de Buenos Aires que reclamaban la renuncia del virrey y la designación de una Junta de Gobierno. La mayoría de estos vecinos pertenecían a la elite de la ciudad, lo que hoy llamaríamos la clase alta. Más adelante, desde 1811 empezarían a participar en la política otros sectores sociales. Quienes también estuvieron presentes, y no suelen aparecer en los cuadros, eran los miembros del Regimiento de Patricios, que se instalaron en un costado de la plaza, junto a la Recova. Los patricios eran milicianos, es decir que no eran militares como los entendemos hoy, sino vecinos que se armaban en defensa de la ciudad, de acuerdo a una tradición española. Debido a las invasiones inglesas de 1806 y 1807, la población porteña había formado muchos cuerpos de milicia voluntaria, varios de los cuales seguían existiendo en 1810. El más poderoso en Buenos Aires era el de patricios. El apoyo de ese cuerpo fue fundamental para asegurar el triunfo de los revolucionarios, dado que no había ninguna fuerza que pudiera oponérseles. Y de hecho, el presidente de la junta que se nombró en lugar de Cisneros fue el jefe de los patricios, Cornelio Saavedra. Así se mostraba quién tenía más poder en Buenos Aires.
El Cabildo era el cuerpo municipal colonial, ahí se tomaban las decisiones acerca de los asuntos de la ciudad y sus alrededores. Los que integraban el Cabildo eran los vecinos de la ciudad que tenían una casa poblada en ella. Cuando había alguna urgencia, el Cabildo podía convocar a un Cabildo Abierto, que era una asamblea en la cual los vecinos discutían qué hacer ante el problema.
Quizás hubo algunas mujeres, pero las cuestiones de gobierno estaban reservadas a los hombres; las mujeres tenían un lugar subordinado en todos los aspectos de la vida. Eso no quiere decir que no tuvieran opiniones sobre asuntos políticos, pero no intervenían en la primera línea ni podían ocupar ningún cargo público.
French y Beruti se hicieron muy conocidos por repartir pedazos de tela como divisa, es decir como símbolo para identificar a los partidarios de la revolución. Sin embargo, no repartían escarapelas como las conocemos hoy. La escarapela celeste y blanca fue creada el 18 de febrero de 1812. Pero el festejo oficial se realiza en mayo y recuerda, en realidad, a la que usaron French y Beruti frente el Cabildo y que quizás -no se sabe con exactitud- haya sido roja.
El 25 de Mayo de 1810 fue uno de esos días grises de otoño que son bastante comunes en Buenos Aires. Pero los paraguas como los conocemos ahora, no existían. Había parasoles, pero no podían parar el agua. De hecho, no había telas impermeables (N. del editor: si había paraguas de hule).
Por: Canal Encuentro

Recortes

Todo lo que nos rodea -cosas, sitios, personas- tiene un pasado. Aprender a analizarlo, a comprenderlo e investigarlo nos permite afirmar nuestra identidad o sentir la necesidad de modificarla. Así, hoy revisitamos el 25 de Mayo de 1810, recuperando viejas tradiciones para ponerlas bajo la lupa y mirarlas en detalle, para animar la polémica, para estimular el pensamiento crítico, para pensar que los héroes de bronce alguna vez fueron de carne y hueso.
¿Explica el peinetón si con el 25 de Mayo de 1810 comienza la idea de soberanía en el Virreinato del Río de La Plata? ¿Consigue esclarecer el cabildo de cartulina y papel glacé los intereses de la Primera Junta? ¿Tenían paraguas los "manifestantes" de la plaza? Sin duda se trata de recortes cuya fortaleza, en gran medida, consiste en su capacidad para facilitar el acceso a la explicación. Quizás, entonces, la clave sea pensar en las múltiples puertas de entrada. Para acercarse más. Para reflexionar críticamente sobre las muchas causas y sus consecuencias.
Los invitamos a un recorrido interactivo por la pintura 25 de Mayo y los paraguas, de L. Sánchez de la Peña. Recorriendo la imagen con el mouse podrás descubrir detalles de este cuadro y saber qué hay de cierto y qué no en esta particular representación: ¿quiénes estaban en la plaza?, ¿había mujeres entre ellos?. Con estas actividades nos proponemos indagar de forma crítica en algunos elementos que forman parte del proceso a partir del cual se inicia la independencia de nuestro país. Nos motiva:
Construir la historia, volver sobre la historia (Nivel Primario)
Lectura crítica de documentos históricos y mirada sobre nuestro pasado (Nivel Secundario)
Sobre las efemérides escolares, la escuela y el siglo XXI (Espacio de reflexión pedagógica.
Antes de empezar es necesario aclarar que un cuadro no es una foto, sino una interpretación de los hechos realizada por el pintor, muchísimo después de los hechos de 1810. Las pinturas que ilustran la Revolución de Mayo se realizaron en su mayoría durante los festejos del Centenario, es decir, a comienzos del siglo XX. En esa época, el Estado argentino encargó una serie de pinturas que recrearan los hechos, dándoles un tono heroico. Incluso se hicieron películas sobre esos temas históricos. Por lo tanto, lo que vemos aquí no es la Revolución de Mayo tal cual fue sino una reconstrucción de la época, imaginada por el artista de acuerdo a documentos históricos que consultó.
Por: Canal Encuentro. Historia de un país. Argentina.

viernes, 26 de junio de 2009

Una Revolución Burguesa a la criolla

La mirada política y sociológica en otro aniversario de mayo de 1810
¿De qué estaban hechos los próceres? Cada 25 de mayo, la pregunta se reitera. Hoy día, estamos en vísperas de un festejo nacional, que conmemora los 200 años de algo que se llamó “revolución”. No es extraño que sea el momento propicio para disputar la conciencia de la población: saber quiénes son nuestros “padres” es saber también quiénes somos nosotros.
La institución escolar ha intentado inculcarnos que se trató de superhombres con cualidades extraordinarias. En los últimos tiempos, los medios masivos de comunicación mostraron una intención de “acercar” al prócer. Para ello, se revelan datos de su vida privada. La historia se convierte así en un programa de chimentos. La tarea científica es rebajada al nivel de colección de curiosidades inútiles. Una tercera forma de abordar el problema aparece en la producción académica dominante. Según esta concepción, no hubo ninguna revolución, tan sólo algunos cambios a nivel simbólico. En realidad, los dirigentes eran súbditos leales que fueron arrastrados a los sucesos por una crisis externa: la caída de la monarquía borbónica en 1808. Estamos ante una sociedad sin conflictos y sin cambios, donde todo sucede en el nivel de los discursos.
Estos abordajes no pueden resolver el enigma de los próceres. Sencillamente porque están esquivando la pregunta que asoma detrás de toda explicación de nuestros orígenes: ¿qué es la Nación Argentina? Para no confrontar con el interrogante, eliminan a la sociedad. Entonces, la dirección revolucionaria sólo puede comprenderse apelando a cuestiones personales. Para evitar este serio problema hay que devolverle al personaje su contexto, es decir, las relaciones sociales que lo construyen. Porque los seres humanos estamos hechos básicamente de eso: de relaciones.
Sabemos que eran burgueses, más específicamente, agrarios. Ahora bien, ¿por qué se enfrentaron con el Estado? Básicamente, porque pretendían cambiar la sociedad. En primer lugar, el Virreinato era una estructura política destinada a drenar fondos hacia España. Para ello, se imponían una serie de impuestos al comercio y a la producción. En segundo lugar, el régimen colonial impedía el desarrollo de relaciones capitalistas: se restringía el acceso a la propiedad privada, no se apoyaba la expansión territorial, no se avanzaba con la expropiación de los pequeños productores ni con la regimentación del trabajo en las estancias. Belgrano escribe, en 1810: “Remediemos en tiempo la falta de propiedad, convencidos de lo perjudicial que nos es”. Sin embargo, aclara nuestro prócer, no quiere propiedad para todos: “Indicaré, pero para irritarnos, aquella extravagante ley de Licurgo a sus espartanos de distribuirles los terrenos en proporciones iguales. Error que lo condujo a proscribir el honesto lujo”. Por último, el Estado se reservaba un aspecto clave para la acumulación: la circulación de mercancías. El comercio estaba asignado a ciertos comerciantes habilitados que operaban con el monopolio. Éstos se quedaban con una porción importante de la ganancia del burgués. Por ello, el principal reclamo de los hacendados es la libertad de comercio. Es decir, el desarrollo de ciertas relaciones (capitalistas) se oponía a la existencia de otras (feudales). Ése es el marco en el que combaten los dirigentes revolucionarios y no en pos de una abstracta “libertad”.
La pregunta es cómo lo lograron. El relato dominante afirma que fue un pacto de caballeros. La semana de mayo habría tomado por sorpresa a todos. Pues bien, las fuentes no lo confirman. Luego de la reconquista, el 14 de agosto de 1806, se produce una insurrección que irrumpe en el Cabildo abierto, exige la destitución del virrey Sobremonte y nombra a Liniers, un oficial menor, como la nueva autoridad. A todas luces, se estaban trasgrediendo las leyes coloniales. El 2 de febrero de 1807, en otro tumulto, los revolucionarios exigen que Sobremonte sea puesto preso, sin mediar juicio alguno. El 1 de enero de 1809, las milicias revolucionarias abortan un golpe conservador y desarman a las realistas. En julio de ese mismo año, los revolucionarios toman las armas para evitar que asuma el nuevo virrey (Cisneros), quien debe negociar con ellos en Colonia. Es difícil presentar a los dirigentes revolucionarios como ingenuos sorprendidos por la situación. La proclama de la Junta al asumir no deja lugar a dudas: “Se ha de publicar en el término de 15 días una expedición de 500 hombres para auxiliar las provincias interiores del Reyno, la cual haya de marchar a la mayor brevedad; costeándose esta con los sueldos del Excelentísimo Señor Don Baltasar Hidalgo de Cisneros, Tribunales de la Real Audiencia Pretorial y de Cuentas, de la Renta de Tabacos, con lo demás que la junta tenga por conveniente cercenar, en inteligencia que los individuos rentados no han de quedar absolutamente incongruos, porque esta es la voluntad del pueblo.”
En su primera medida de gobierno, la Junta declaró la guerra civil, la supresión de los tribunales superiores (la Real Audiencia) y anticipó que podría confiscar cualquier propiedad que considerase necesaria para pagar las tropas. Por lo tanto, los próceres fueron dirigentes de una clase: la burguesía agraria. La Revolución de Mayo no es otra cosa que nuestra revolución burguesa. El producto de una clase que buscó desarrollar relaciones que se enfrentaban a las existentes. Para romperlas, debió organizarse, elaborar un programa, trazar alianzas con otras clases y lanzarse a la toma del poder sin vacilar.
Por Fabián Harari. Publicado en el Diario Crítica de la Argentina (25/05/09)

sábado, 13 de junio de 2009

Las Revoluciones de acuerdo a Wikipedia

En la historiografía se habla generalmente de tres tipos de revoluciones: revolución política; revolución social; revolución económica. Pueden valer para ejemplificarlas las tres grandes revoluciones que surgen y se desarrollan entre los siglos XVIII y XIX, marcando el fin de la Edad Moderna y el comienzo de la Edad Contemporánea.
La Revolución Francesa fue un movimiento fundamentalmente político, porque se trataba de sustituir la monarquía absoluta existente hasta 1789, para reemplazarlo por un sistema político con características radicalmente opuestas, lo que permitió hablar de un Antiguo Régimen y un Nuevo Régimen. Desde un punto de vista general, puede incluirse la francesa entre las Revoluciones Liberales, entendidas como las que aplican la ideología política liberal, y que habrían comenzado con la independencia americana y continuarían en Europa occidental al menos hasta 1848.
La revolución burguesa entendida como la sustitución como clase dominante del estamento privilegiado (formado por nobleza y clero) por la burguesía, con el cambio de relaciones, comportamientos, actitudes y valores sociales que se identifican con una u otra; permite hablar de una nueva sociedad de clases. No obstante, la historiografía suele utilizar más comúnmente el término revoluciones burguesas para referirse, incluso en su aspecto estrictamente político (a pesar de la impropiedad), a las que hemos llamado revoluciones liberales, es decir, a todos los los procesos revolucionarios (como la misma Revolución Francesa) en los que esta clase social es impulsora.
La Revolución Industrial tiene un carácter esencialmente económico, la transformación respecto de la época precedente (la preindustrial) con el uso de nuevas técnicas, fuentes de energía, invención de maquinarias, innovadores medios de transporte, aumento de la capacidad productiva con la sustitución de los talleres artesanales por las fábricas, etc.
Es necesario indicar que estos dos últimos procesos, pese a ser de duración secular, fueron claramente percibidos por sus contemporáneos como súbitos y violentos, como lo prueban, entre otros extremos, la resistencia y los conflictos que generó la aparición del maquinismo (la destrucción de máquinas o luddismo). Es de imposible solución el debate (en el que puede destacarse el aporte de E. P. Thompson) sobre si la revolución industrial inglesa costó más muertes y sufrimientos que la revolución liberal francesa. Justificado este uso, se entiende que por extensión se aplique el término revolución a la Revolución Neolítica y la Revolución Urbana (definidos por Vere Gordon Childe), procesos ya no seculares sino milenarios, pero que presentan claras analogías con los del XVIII y XIX en cuanto a la transformación radical (y sin duda violenta) de las formas de vida de la humanidad. De una forma similar, Earl J. Hamilton acuñó el concepto de Revolución de los precios para los cambios económicos del siglo XVI, ligados a la inflación consecuente a la llegada a Europa de metales preciosos de América.
No se agota la tipología de las revoluciones con los tres tipos enumerados al principio. Se habla de revoluciones en cualquier ámbito, incluso en los más alejados de los usos anteriores, como sería el ámbito de la ideología (revolución ideológica) o el del arte (revolución artística). A veces esa extensión se hace con evidente abuso del término (cuando se aplica a la moda, al deporte, a la última novedad de la música popular...), y a veces está plenamente justificada (revolución cultural en la China maoísta) o el concepto de revolución científica (Thomas Kuhn). Por otro lado, se han propuesto distintos tipos de periodizaciones y agrupaciones de revoluciones por sus similitudes o proximidades en el espacio o en el tiempo (ciclos revolucionarios).

Salvador Dalí

jueves, 11 de junio de 2009

Rosas y la Revolución en 1836

Tenemos que considerar, para un análisis de si existió una Revolución, al discurso que Rosas diera el 25 de mayo de 1836 (La Gaceta Mercantil, 27/05/1836). Allí afirmó que el acto del 25 de Mayo de 1810 se había cumplido: "No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por un acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en su desgracia... Un acto tan heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la Nación Española y a su desgraciado Monarca; un acto que ejercido en otros pueblos de España con menos dignidad y nobleza, mereció los mayores elogios, fue interpretado en nosotros malignamente como una rebelión disfrazada por los mismos que debieron haber agotado su admiración y gratitud para corresponderlo dignamente". Aseguró que por siete años se procuró mantener el estado de dependencia hacia España pero que finalmente la independencia se produjo "renovando aquellos nobles sentimientos de orden, de lealtad y fidelidad que hacen nuestra gloria, para ejercerlos con valor heroico en sostén y defensa de la Causa Nacional de la Federación, que ha proclamado toda la República".
Este discurso identifica a la gestión política de Rosas como una renuncia expresa de los postulados de independencia; la Nueva Nación no significó más que el mantenimiento de los moldes coloniales, tan sólo una Restauración.
Juan Carlos Ramirez

lunes, 8 de junio de 2009

Una Revolución Burguesa a la criolla


Para comprender la Revolución de Mayo como un proceso social, hay que resolver tres incógnitas: quiénes la dirigieron, qué querían y qué hicieron para conseguirlo. Para responder la primera pregunta, debemos examinar la composición social de la dirección revolucionaria. Es decir, cuál fue la pertenencia económica de sus miembros.
Comencemos por el más importante de ellos: Cornelio Saavedra, el presidente de la Junta Provisional Gubernativa (nombre real de la ahora llamada Primera Junta). Cornelio Saavedra era el hijo de un gran propietario rural: Santiago Saavedra. Santiago fue dueño de tres estancias importantes: una en Arrecifes, otra en San Isidro y otra en San Fernando. Integró el Gremio de Hacendados, una organización corporativa que bregaba por los intereses de los productores ganaderos y elevaba propuestas al virrey. Como buen hijo, Cornelio continuó con la actividad de su padre: se hizo cargo de las dos últimas estancias y se casó con doña Francisca Cabrera, hija de un importante hacendado, dueño del Rincón de Cabrera. Siempre estuvo muy ligado a la producción agraria. En 1805, sus conocimientos lo llevaron a ser nombrado administrador de Granos de la ciudad. El 18 de mayo de 1810, cuando llegaron las noticias de que había caído la Junta Central, los revolucionarios tuvieron que ir a buscarlo a su campo.
Manuel Belgrano también puede jactarse de su padre: Domingo Belgrano Pérez era un propietario de tierra y ganado. Alquiló la unidad productiva más importante de la región: la estancia “Las vacas” ubicada en la Banda Oriental. Gran productor y comercializador de cueros, integró también el Gremio de Hacendados. El padre de Juan Hipólito Vieytes, Juan Vieytes, fue uno de los más importantes hacendados de San Antonio de Areco. Hipólito Vieytes también administró campos. En el censo de 1810 aparece con un capataz y dos peones fijos. Feliciano Chiclana, un importante dirigente, proviene de una familia de hacendados en San Vicente. Su padre, Diego, era propietario de tierras.
Una nota particular merecen Antonio y Francisco Escalada, hermanos cuyas tertulias se consideraban las más distinguidas de Buenos Aires. Antonio fue el suegro de San Martín y en agosto de 1810 fue confinado por querer declarar la independencia de la región. Ambos poseían tierras y producían cuero. Francisco tenía una estancia en San Vicente. Hay otros importantes estancieros como Juan Martín de Pueyrredón o Martín Rodríguez, quienes han demostrado un gran arrojo revolucionario.
Mariano Moreno no poseía tierras, pero se ligó muy fuertemente a quienes sí tenían. Fue abogado de Antonio Escalada y representante del Gremio de los Hacendados. De hecho una de sus obras más conocidas, Representación de los hacendados, es el documento que en 1809 presentó al virrey para defender los intereses de los estancieros. Ese documento fue votado por delegados hacendados por partidos, en una asamblea. Podríamos seguir con personajes menos conocidos, pero muy determinantes en la revolución como Juan José de Rocha, Esteban Romero (segundo comandante de Patricios), Agustín Wright o Roque Tollo. En nuestra investigación sobre el período, de la que ya surgieron dos libros, tomamos una muestra de la dirección del Cuerpo de Patricios, la organización militar revolucionaria más importante. El relevamiento de la condición social de sus miembros arroja que los hacendados son el 52% de los casos comprobables, frente a un 17% de comerciantes.
Ahora bien, ¿qué significa ser “hacendado” a comienzos del siglo XIX? Son propietarios de tierras y/o ganados que explotan mano de obra. El trabajo allí se conforma bajo relaciones asalariadas, esclavistas y hasta algunas, muy pocas, de tipo coactivas. Las primeras, estacionales y permanentes. Las otras dos, solamente permanentes. Sin embargo, en sentido estricto, en el campo se trabaja en la siembra y la cosecha (en la agricultura), y en la yerra y castración (en la ganadería). Es decir, en las tareas estacionales. No bien se descartan los meses improductivos, la importancia del trabajo asalariado salta a la vista. Es decir, estamos ante los comienzos de la burguesía agraria, que va concentrando medios de vida y producción. Enfrente, una población de peones con diverso grado de desposesión y un porcentaje nada despreciable de esclavos. La producción de cuero aparece aquí como el puntal de lanza para su acumulación. Por lo tanto, los próceres no son superhombres ni picaflores. Son burgueses
Por Fabián Harari. Publicado en el Diario Crítica de la Argentina (25/05/09)

sábado, 6 de junio de 2009

¿Revolución de Mayo

Si los sucesos de Mayo no representaron un giro a la independencia, ni menos aún la victoria de un grupo social sobre otro, ¿dónde está lo revolucionario de la Revolución de Mayo?
Los debates mantenidos entre los miembros de la Primera Junta mostraron un sostenido esfuerzo retórico para justificar el rechazo al Consejo de Regencia y las condiciones de la convocatoria a Cortes. Al calor de estas discusiones triunfó una idea de nación diferente de la que proponían las Cortes: si para éstas las colonias estaban sujetas al Imperio y por lo tanto debían prestarle obediencia, la Primera Junta definió su pertenencia a la monarquía hispánica en términos contractuales. Para algunos miembros de la Junta, como Mariano Moreno, las colonias americanas jamás habían suscripto contrato alguno con la corona española, sino que su pertenencia al Imperio no se debía más que a un acto de conquista. De acuerdo con esta interpretación que logró imponerse en la Primera Junta, era justa y necesaria una revisión de los vínculos con la monarquía hispánica. Fue así que buscando mantener su lugar de ciudad cabecera del virreinato, Buenos Aires convocó a los cabildos del interior a enviar sus delegados para resolver el problema. Sin embargo, la Junta Grande que resultó de esa convocatoria era tan sólo una sumatoria de "pueblos". En ningún sentido había allí una nación siquiera en germen.
Pero los sucesos de Mayo sí tuvieron un carácter revolucionario. Obligados a construir una legitimidad alternativa a la impulsada por las Cortes, los debates abiertos en Mayo representaron la instalación de un nuevo lenguaje político, basado en una idea contractual de la nación y en la representación política como fuente de legitimidad. En este sentido, Mayo fue revolucionario no sólo porque representó un acto de asunción de soberanía frente a la nación española unitaria impulsada por las Cortes de Cádiz, sino porque también implicó enfrentar el problema de definir cuál era el sujeto al que retornaba la soberanía cuando no había rey. Sin embargo, no hubo un total acuerdo sobre el punto. Mientras que para Buenos Aires la soberanía popular era sólo una porque el pueblo era sólo uno, para las ciudades del interior la soberanía descansaba en cada uno de los pueblos, por lo que algunas ciudades del virreinato rechazaron la convocatoria porteña y formaron sus propias juntas. Por todo esto, Mayo no representó el nacimiento de la nación argentina, sino el inicio de una muy agitada aventura política que se extendió por gran parte del siglo XIX.
por Lisandro Gallucci (Periódico "Río Negro")

La Revolución de acuerdo a Wikipedia


Es el cambio o transformación radical y profunda respecto al pasado inmediato. Se puede producir en varios ámbitos al mismo tiempo, tales como económicos, culturales, religiosos, políticos, sociales, militares, etc. Los cambios revolucionarios, además de radicales y profundos, y sobre todo traer consecuencias trascendentales, han de percibirse como súbitos y violentos, como una ruptura del orden establecido o una discontinuidad evidente con el estado anterior de las cosas, que afecte de forma decisiva a las estructuras. Si no es así, debería hablarse mejor de una evolución, de una transición o de una crisis. Si lo que falta es su carácter trascendental, debería hablarse mejor de una revuelta. Las revoluciones son consecuencia de procesos históricos y de construcciones colectivas, para que una revolución exista es necesario que haya una nueva unión de intereses frente a una vieja unión de estos.

Presentándonos

El Bicentenario de la Revolución de Mayo nos impulsó a crear esta página. Considerando que siempre estamos en el Bicentenario de algún episodio significativo para la constucción de nuestra identidad histórica, pensamos que deberíamos reunir documentos y artículos que refieran a Bicentenarios en la Historia Argentina. Por ello, incluimos documentos elaborados desde la creación del Virreinato del Perú, hasta nuestra actualidad en cuanto refiera análisis, reflexiones, miradas sobre la historia rioplatense. Daremos prioridad a la edición de fuentes y acompañaremos con imágenes que consideremos pertinentes.
Sobre los debates historiográficos, algunos se publicaran en esta página pero también podrán hallarse divergencias expresadas en un formato más amplio, en Pensando Historias, fuente original de este blogs.
Pensamos que las historias son sólo ideas proyectadas y expresadas en distintos formatos, todos válidos, algunos posibles de validar de acuerdos a los paradigmos científicos. Publicar ideas sobre la Historia, e historiar las Ideas, es el propósito de esta página.
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