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jueves, 31 de enero de 2013

Carta de Manuel Belgrano al teniente gobernador interino de Jujuy

“En oficio del 4 del presente me dice el Supremo Gobierno Ejecutivo provisiorio lo que sigue: 'con fecha 2 del corriente ha recibido el Supremo Poder Ejecutivo de esta provincias la declaración siguiente de la Soberana Asamblea General Constituyente: Siendo tan ultrajante a la humanidad el que los mismos Pueblos que con tanto tesón y esfuerzo caminan hacia su libertad, permanezcan por más tiempo en la esclavitud, los niños que nacen en todo el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata sean considerados y tenidos por libres todos los que en dicho territorio hubiesen nacido desde el treinta y uno de enero de mil ochocientos trece inclusive en adelante día consagrado a la Libertad por la feliz instalación de la Asamblea general constituyente bajo las reglas y disposiciones que al efecto decretará la Asamblea General. Lo tendrá así entendido el Supremo Poder ejecutivo para su debida observancia, cuya soberana declaración se transcribe a vuestra excelencia para que haciéndola publicar por Bando en el Ejército de su mando, como se ha hecho en esta capital, cuide y cele su más exacta observancia'
Y lo traslado a Usted para los fines que en él se expresan.
Dios guarde a Usted muchos años

Salta, 27 de febrero de 1813

 [firma] MANUEL BELGRANO"


Nota del editor:  la carta, cuyas imágenes del anverso y reverso están incluidas en esta entrada,  fue hallada recientemente en el Museo Mitre (Buenos Aires)

miércoles, 17 de marzo de 2010

Movimientos concéntricos y excéntricos

Lo más notable en los movimientos concéntricos y excéntricos de la revolución hispanoamericana, es la regularidad de su marcha convergente y la simetría de sus líneas generadoras. Podría ser una mera coincidencia, que en 1809 se hiciesen sentir por la primera vez dos estremecimientos orgánicos y simultáneos en las extremidades del continente –La Paz y Quito- que parecerían indicar desde su origen una solidaridad de la masa viva. Podría ser otra coincidencia que en 1810 naciesen dos revoluciones gemelas en dos hemisferios –Buenos Aires y Caracas- con idénticas formas, iguales propósitos, análogos objetivos y hasta con la misma doctrina política, como hijas de una madre común. Pero cuando se observa que estos movimientos homólogos son espontáneos, que reconocen una misma causa, que tienden desde un principio a formar sistema y siguen por el espacio de 15 años una dirección general en sus proyectos iniciales, no es posible desconocer la existencia de una ley que la gobierna, y que la revolución sudamericana, fue verdaderamente una revolución orgánica que tuvo su razón de ser. Y lo más notable aún en esta evolución uniforme, es que, al insurreccionarse aislada y simultáneamente todas las colonias hispanoamericanas como movidas por un mismo resorte interno, se diseñan desde luego dos evoluciones concéntricas, que tiene sus núcleos regionales y un centro común que responden a un plan general de insurrección determinando los dos teatros de la guerra continental, en que se mueven táctica y estratégicamente dos grandes masas que parcialmente se condensan y que recíprocamente se atraen.

Mitre, Bartolomé. “Historia de San Martín”. Obras Completas. Tomo I; Prólogo. Páginas 13 y 15. Incluido en: Clementi, Hebe. “Conflictos de la historia argentina”. Buenos Aires; Editorial Leviatan. Página 54

sábado, 27 de febrero de 2010

La Revolución Argentina.

Tales fueron, en general, las causas eficientes de la Revolución Argentina: el desarrollo armónico de las fuerzas morales y de las fuerzas materiales, de los hechos y de las ideas, del individuo y de la sociedad. La acción simultánea de este doble movimiento combinado, que obra a la vez sobre la parte y sobre el todo, es lo que explica la relación de los sucesos entre si, el vínculo que los une, la causa originaria que los produce y el resultado que es su consecuencia lógica. Así hemos visto progresar las ideas económicas, al mismo tiempo que el pueblo se enriquecía por el trabajo; fortalecerse el poder militar de la sociedad, al mismo tiempo en que se desenvolvía el espíritu público en los nativos; generalizarse las ideas de buen gobierno a medida que se conquistaban mayores franquicias políticas y municipales; surgir teorías revolucionarias de gran trascendencia del hecho de la desaparición del monarca; afirmarse el imperio de la opinión a medida que el pueblo se ilustraba por la irradiación luminosa de las ideas y sobreponerse definitivamente los americanos a los europeos, el día en que, con la conciencia de su poder adquirieron la plena conciencia de su derecho.
Esto explica cómo, al empezar el año de 1810, la Revolución Argentina estaba consumada en la esencia de las cosas, en la conciencia de los hombres, y en las tendencias irresistibles de la opinión, que hacían converger las fuerzas sociales hacia un objetivo determinado. Este objetivo era el establecimiento de un gobierno propio, emanación de la voluntad general y representante legítimo de los intereses de todos. Para conseguir era indispensable pasar por una revolución, y esa revolución todos la comprendían, todos la sentían venir. Como todas las grandes revoluciones, que, a pesar de ser hijas de un propósito deliberado, no reconocen autores, la Revolución Argentina, lejos de ser resultado de una inspiración personal, de la influencia de un círculo, o de un momento de sorpresa, fué el producto espontáneo de gérmenes fecundos por largo tiempo elaborados, y la consecuencia inevitable de la fuerza de las cosas. Una minoría activa, inteligente y previsora, dirigía con mano invisible esta marcha decidida de un pueblo hacia destinos desconocidos y que tenía más bien el instinto que la conciencia: ella fué la que primero tuvo la inteligencia clara del cambio que se preparaba, la que contribuyó a imprimirle una dirección fija y a darle forma regulares, el día en que la revolución se manifestó con formas características y fórmulas definidas.
Mitre, Bartolomé. Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina. Buenos Aires; Editorial Suelo Argentino; 1945. Cap. IX. La Revolución. Pág. 114.
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